
Un ciego poseía el don de reconocer al tacto a cuanto animal se le acercaba, y era tal su destreza que aun podía decir a que especie pertenecía. Cierto día, sus amigos le presentaron un zorrillo para probar su virtud. Acto seguido, el ciego palpó al animal y, permaneciendo vacilante un instante, dijo al fin: -No puedo adivinar, pero creo que se trata de un zorrito, de un lobezno o de otro animal parecido. Sin embrago; puedo asegurar que no ha nacido este villano para convivir con las gallinas; porque el muy carnicero, apenas esté solo con sus apetecidas presas, las devorará una tras otra. -¡En verdad que nuestro amigo es maravilloso, pues ha acertado una vez más! -exclamó, admirado uno de los vecinos.
Lo que con ojos no miro,
con el dedo lo adivino.
Fabulas de Esopo.